En nuestro segundo día de visita en El Salvador, conocimos a Miguel Ángel.
Antes de salir esa mañana, le pedí al equipo local de Compassion que me permitieran entrevistar a niños que aún no tuvieran patrocinador. Quería escuchar sus historias, conocer sus necesidades y compartirlas con nuestra audiencia de Vida Unida.
Visitamos hogares muy humildes. Algunos ni siquiera tenían paredes completas o pisos de cemento. Había techos improvisados, pisos de barro y muchos pies descalzos. En cada lugar encontrábamos necesidades reales, pero también familias llenas de dignidad y esperanza.
A Miguel Ángel no lo conocimos en su casa. Lo conocimos en la iglesia.
Tenía 14 años cuando nos sentamos a conversar. Era un joven amable, respetuoso y con una sonrisa que inmediatamente te hacía sentir cerca de él. Respondió cada una de mis preguntas con sinceridad. Sin embargo, mientras hablábamos, podía percibir algo en él: estaba nervioso.
No era miedo.
Era la tensión de alguien que sabe que tal vez esta sea su única oportunidad para que su historia llegue a los oídos de una persona dispuesta a ayudar.
Y eso me rompió el corazón.
Mientras lo escuchaba, entendí que yo había llegado buscando una historia para contar. Pero Dios tenía otros planes. Detrás de cada respuesta había un joven con sueños, necesidades y un profundo deseo de ser visto.
Al terminar nuestra conversación, le hice una promesa.
Le dije que cuando regresara a Houston haríamos todo lo posible para encontrarle un patrocinador.
Pero la verdad es que Miguel Ángel ya se había quedado en nuestro corazón.
Mi esposa Nahomi y yo no quisimos esperar.
Decidimos convertirnos nosotros mismos en sus patrocinadores.
Hoy tenemos el privilegio de apoyarlo. Ya le escribimos nuestra primera carta, le enviamos un regalo de cumpleaños y comenzamos a contribuir para sus necesidades. Nos llena de alegría saber que ahora él sabe quiénes somos, y que también nosotros conocemos su nombre, su historia y sus sueños.
Lo que comenzó como una entrevista terminó convirtiéndose en una relación.
Y una vez más entendí algo que jamás quiero olvidar:
Cuando una necesidad tiene nombre y rostro, deja de ser una estadística.
Se convierte en una responsabilidad.
Y a veces, la respuesta a la oración de un niño está a una sola decisión de distancia.
Hoy tú también puedes cambiar la vida de un niño, porque cuando una necesidad tiene nombre y rostro, una simple decisión puede transformar un futuro.
PATROCINA A UN NIÑO