¿Será que yo también juzgo?
Publicado hace 5 meses - 29 may 2026
De: Yaressy GarciaQué risa me da cada vez que escucho la frase: “Pero ¿quién soy yo para juzgar?”, después de haberle dado con todo a una persona, juzgando cada detalle posible.
Creo que todos hemos estado en algún círculo donde hemos escuchado esta frase… o peor aún, fuimos nosotros quienes la dijimos jajaja. Porque seamos sinceros: es muy difícil no caer en la tentación de juzgar a alguien. Y seguramente tú y yo también lo hemos hecho.
Nunca voy a ser así
Cuando yo iba creciendo, miraba errores de mi mamá y recuerdo decir cosas como: “Yo nunca voy a ser así” o “Cuando sea grande, yo no cometeré ese error”. Claro… ¿qué sabe una niña de 9 años que no se ha enfrentado a la vida? ¿O una adolescente de 13 que piensa que todo lo sabe? ¿O una joven de 18 que se cree más inteligente que el adulto que ya pasó por ahí?
Y la realidad es que muchas veces lo que nos lleva a juzgar a los demás es simplemente no haber pasado nosotros mismos por ese camino.
Mientras iba creciendo, me daba cuenta de algo: ofrecía más empatía a aquellos cuyos casos se parecían a los míos. Porque la realidad es esta: juzgamos cuando no entendemos, juzgamos cuando nos sentimos mejores o cuando pensamos que lo que alguien hizo es peor que lo que nosotros hacemos.
Y no te estoy juzgando jajaja… yo era igual.
¿Será que juzgo como los amigos de Job?
Una vez, leyendo el libro de Job, puse muchísima atención a los amigos de Job. Siempre había escuchado prédicas sobre el sufrimiento de Job y sobre cómo sus amigos estuvieron mal. Pero leí este libro —sin exagerar— mínimo seis veces. Y cada vez que veía lo que los amigos decían, yo razonaba y pensaba:
“Pero… si ellos tienen razón.”
Es más, creo que yo también, en diferentes ocasiones, cuando escucho a alguien contarme sus problemas, he llegado a pensar como los amigos de Job.
No me juzgues jajaja. A ver… veamos algunas de sus respuestas y después sacas tus conclusiones.
Los amigos de Job decían cosas como:
- “¿Quién que fuera inocente ha perecido?” (Job 4:7)
O sea: “Los inocentes no sufren así. Si estás destruido, algo hiciste.”
- “Los que siembran iniquidad… eso mismo cosechan.” (Job 4:8)
Y pues… mentira no es.
- “Bienaventurado el hombre a quien Dios castiga.” (Job 5:17)
En otras palabras: “Acepta la corrección porque Dios te está disciplinando.”
- “Dios no pervierte la justicia.” (Job 8:3)
O sea: “Si estás sufriendo, seguramente eres culpable.”
- “Dios te castiga menos de lo que merece tu pecado.” (Job 11:6)
O sea… “En realidad te mereces algo peor. Da gracias que no te están dando como mereces.”
Y así podría darte muchísimos ejemplos más.
Pero ¿qué quiero recalcarte?
Que todos, en algún momento, hemos sido los amigos de Job… aunque no nos demos cuenta.
La diferencia es que tú y yo sí pudimos leer el principio del libro y sabemos que lo que le pasaba a Job no era por culpa de un pecado oculto, porque Dios mismo lo consideraba justo.
Pero en la vida cotidiana, ese es precisamente el problema: nosotros no conocemos ni el principio de la historia de cada persona, ni el final, ni las intenciones del corazón, ni mucho menos el plan exacto de Dios para su vida.
Y eso nos lleva a caer en uno de los peores errores que podemos cometer: juzgar.
¿Qué tiene de malo juzgar?
¿Por qué digo que es uno de los peores errores?
Porque el único juez es Dios. Y cuando juzgamos, muchas veces no nos damos cuenta de que estamos ocupando un papel que no nos pertenece. Ese lugar es de Dios. Ni tuyo ni mío.
Por eso la Biblia nos enseña que con la misma vara que midamos, seremos medidos. (Mateo 7:1b)
Cuando el profeta confrontó al Rey
Así le pasó al Rey David cuando el profeta Natán lo confrontó. David pecó contra Betsabé. Cuando ella le dejó saber que estaba encinta, David coordinó la muerte del esposo de Betsabé, Urías, que era uno de los mejores soldados del ejército de David mismo. (2 Samuel 12).
Natán le cuenta una parábola:
Había un hombre rico con muchas ovejas y vacas, y un hombre pobre que solo tenía una corderita que amaba como una hija. Cuando llegó un visitante, el rico no quiso usar una de sus muchas ovejas y tomó la única corderita del pobre para preparar comida.
David se enoja muchísimo y dice que ese hombre merece morir… y entonces Natán le responde:
“¡Tú eres aquel hombre!” (2 Samuel 12:7)
Somos rápidos para juzgar sin darnos cuenta de que mientras señalamos con un dedo, cuatro apuntan hacia nosotros. “No juzguéis, para que no seáis juzgados.” (Mateo 7:1a)
¿Juzgamos o no?
Entonces… ¿qué es lo que se espera de nosotros? Porque también la Biblia dice:
“El espiritual juzga todas las cosas.” (1 Corintios 2:15)
Bueno, primero debemos entender que la Biblia no nos está diciendo que no tengamos discernimiento. Porque lo necesitamos para todo.
Lo que Jesús condena es la hipocresía, la condenación orgullosa y —ojo con esto— actuar como si fuéramos Dios.
Entonces entiendo que el espiritual que “juzga todas las cosas” es aquel que tiene discernimiento para evaluar correctamente desde la perspectiva de Dios.
No podemos asumir las intenciones del corazón, porque esas solo Dios las conoce. Pero sí podemos discernir para corregir con amor, alentar y proteger.
La próxima vez que nos cachemos juzgando a alguien, frenemos un momento y pensemos:
“Si fuera yo… ¿cómo me gustaría que me corrigieran? ¿Cómo me gustaría que me dijeran esto?”
Pidámosle ayuda a Dios para ofrecer la misma misericordia que Él nos ofrece a nosotros.
Que no nos sintamos mejores que nadie. Y que dejemos en manos de Aquel que sí conoce todos los corazones… el juzgar.
Acerca del autor
Yaressy nació en Monterrey, México, y desde pequeña desarrolló una profunda pasión por conocer a Dios y servirle. Desde los 10 años ha servido al cuerpo de Cristo en diferentes áreas del ministerio, siempre con el deseo de impactar vidas a través del amor y la verdad de Jesús. Como comunicadora, ama compartir mensajes de fe, esperanza y transformación a través de distintos espacios y medios, creyendo firmemente en el poder de una palabra guiada por Dios para impactar vidas. En el 2023 cumplió uno de sus mayores sueños al unirse al ministerio Vida Unida. Está casada con un hermoso argentino y juntos son padres de tres preciosos hijos que reflejan la fidelidad de Dios. Como familia, aman la presencia y la Palabra de Dios, y viven apasionados por ver vidas transformadas por Cristo.